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La maravilla Barroca

Cada vez que nos detenemos a mirar el mundo barroco no podemos dejar de maravillarnos, pues sus construcciones y modelados, hablando de arquitectura o de escultura, o su mágica composición de los colores en las imágenes, si de pintura se trata, responden a un modelo de perfección harmónica  (entendiendo aquí esta palabra en el sentido pitagórico de orden universal) que nos sorprende a cada instante.

Pues bien, dentro de este maravilloso mundo encontramos la música como joya rica en sorpresas que, y esto debe resaltarse, siempre ofrece encantos diversos en cada región geográfica del viejo continente: por un lado, la viveza y sensualidad italiana, pero por otro el estilo sobrio y medido de la polifonía y contrapunto alemán. Junto a ellas vemos la delicadeza y lujo de lo francés, y a una Inglaterra ceremoniosa con música que sirve de realce a su antigua monarquía, pero, por otro lado, amante de la ópera italiana.

La polifonía española pasó al Nuevo Mundo, que durante años se vio influenciado por una mezcla de formas culturales hispanas y amerindias, que sirvieron para marcar la lentitud social que se vivió en la colonia, donde la rígida estratificación social fue la constante de este mundo cultural.

Volviendo a la Europa de mil seiscientos, no podemos pasar por alto la música veneciana y por encima su preciosa gema, la ópera, enriquecida por Maestros de la talla de Monteverdi, Cavalli o, mucho más tarde, Vivaldi. Esta, como es común en la música del siglo XVII, se nutrió de la improvisación entendida como algo sujeto a normas estrictas, es decir de manera científica. Por consiguiente, estas normas debían ser observadas tanto por intérpretes orquestales como por cantantes  y  aplicarlas en cada una de las audiciones llevadas a cabo ¨

Así las cosas, vemos –según palabras del especialista René Jacobs-que en la Serenissima (así hablaban cariñosamente de Venecia) se escribía la ópera de manera “taquigráfica”, es decir, solamente se encontraba la línea del bajo continuo y la voz que para cada cantante se requería. Respecto a la instrumentación, ella dependía de las disponibilidades de cada uno de los teatros en que se representaban las obras.

Lo anterior se vivió también en la música instrumental italiana, la cual estaba indirecta y tangencial mente influenciada por la ópera.

Lo dicho es importante, pues nos lleva a otro asunto de la mayor trascendencia, EL BAJO CONTINUO. Este no consistía en un mero acompañamiento instrumental, sino en una verdadera técnica  que marcaba el sustento armónico (musicalmente hablando hace referencia a la disposición de los acordes), donde generalmente la línea melódica de la mano izquierda de un instrumento de teclado, era doblada por otro de sonido bajo (viola da gamba, chelo o teorbo) adicionándole un “cifrado” para enriquecer la melodía del bajo con acordes.

Debido a su carácter, no cuenta como parte de la fuerza instrumental barroca, es decir, en la época se hablaba, por poner un ejemplo, de trio para tres violines y bajo continuo, o simplemente b.c ©

Ya en el siglo XVIII Johann Sebastian Bach nos lo describe en su Pequeño Libro para Ana Magdalena: “cada nota principal tiene el acorde específico o derivado que se indique o que a juicio del intérprete se requiera”, es decir, el compositor señala por medio del cifrado lo que pretende a cada instante, pero se otorga cierta autonomía al intérprete para moverse dentro de este esquema.

El bajo continuo se difundió por toda Europa y, como una olla a presión, sirvió para cocer toda la gastronomía musical existente.

Cada país adaptó la técnica mencionada a sus exigencias musicales, pero fue en Alemania donde se le agregó un ingrediente llamado “retórica musical”, que aunque ya había iniciado Claudio Monteverdi, fue en el mundo germano donde adquirió la mayoría de edad y resultó siendo una  mezcla de filosofía y música que no puede separarse de la concepción musical hasta mediados del siglo XVIII, a la muerte de J. S. Bach, aunque es de anotar sus hijos Wihelm Friedemann y Carl Philipp Emmanuel la siguieron utilizando, pero con menos rigorismo que el empleado por su ilustre padre.

Los teóricos de la época la describen –siguiendo las teorías filosóficas de Leibniz y Descartes- como una forma de pensamiento musical basado en la lógica, consistente en que un compositor no actúa al azar, sino por medio de silogismos consistentes en partir de una idea general y, por medio de los llamados affeti -es decir los diferentes estados de ánimo que se trabajaban en la composición, no las emociones internas del compositor- proponer una conclusión que no es otra que la obra terminada (por ejemplo los diferentes instantes del drama en las Pasiones y Cantatas bachianas).

Con lo anteriormente dicho es viable concluir que la música barroca es mucho más que mero placer auditivo o, simplemente, el acompañamiento ideal para llevar a cabo otras labores. Ella está muy cercana de la música contemporánea, contrario a lo que se piensa, e indudablemente, su técnica y funcionamiento dieron origen a formas nuevas que a lo largo de los siglos han fructificado, así como ha enriquecido otras que hoy en día dejan sentirse en todo su esplendor, como el soul, blues, jazz o rock .

Para concluir, quiero manifestar que el papel de la historia de la música no consiste simplemente en manejar fechas que no tienen conexión con nuestro mundo actual, sino, bien al contrario, ponernos de presente una realidad que diariamente influye nuestra labor, ya sea como músicos profesionales o como aficionados serios y analíticos.
Por lo tanto, diremos que el aunque el saber musical es en el fondo uno sólo, hay muchas vertientes y estilos diferentes. No obstante, tratar de restarle importancia a un fenómeno vivo y en constante movimiento, como es la historiografía, resulta ilusorio ya que querer desconocerla es como pretender tapar el sol con las manos.

¨     No obstante lo dicho, con el paso del tiempo y la inclusión de las arias da capo, la ópera fue perdiendo todo sentido dramático, para volverse un mero espectáculo para el lucimiento del cantante de moda.

©   El bajo continuo deja de utilizarse en la música, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, aproximadamente.

 

Alfredo de Irisarri Barreto

Profesor de Historia de la Música

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